La kakistocracia está en ruinas
Por Felipe Sastre (*)
Quiso el destino que los griegos acuñaran un término para describir al «gobierno de los peores» que es casi un juego de palabras que evoca al modelo kirchnerista, que constantemente busca acabar con el mérito, el esfuerzo, el sacrificio y la autosuperación.
Ineptos, envidiosos, cínicos, sinvergüenzas e incompetentes, son apenas algunos de los adjetivos que califican al séquito de obsecuentes, que lo único que hacen es transformar su odio irracional a la clase media en decisiones ridículas que dinamitan a diario todo aquello en lo que cree gran parte de la sociedad argentina.
Su objetivo es castigar a los comerciantes, industriales, cuentapropistas, profesionales, productores y laburantes que forman parte de esa masa heterogénea que viene siendo en los últimos tiempos el verdadero freno al «vamos por todo».
Por eso, los kakistócratas han insistido siempre en nivelar para abajo, domesticando a esa «oligarquía» egoísta que pretende gozar de «lujos burgueses» en lugar de romantizar la pobreza. Todo ello, sin reparar en que la gente se cansó de los discursos hipócritas que provienen de quienes detentan, con total impunidad, privilegios inmorales e inaceptables.
Es que, a las claras, el relato progresista ha chocado de frente con la realidad: desde que asumió, el gobierno nacional sólo ha conculcado derechos y libertades. E, indubitablemente, el electorado reaccionó a eso en los últimos comicios legislativos, asestándole una paliza de magnitudes históricas.
Hoy ese mismo segmento de la población que ha depositado en la oposición su última esperanza de recuperar el país que alguna vez supimos ser, nos pide que estemos a la altura de las circunstancias. De allí que esté tan convencido que nos encontramos frente a un punto de inflexión para refundar a la Argentina desde los valores de nuestros abuelos.
Aunque, ¡cuidado! Para llegar a buen puerto, esa empresa indefectiblemente debe dejar atrás la mirada cortoplacista y coyuntural, que reniega del talento, la creatividad y el ingenio. Sólo así zanjaremos la desigualdad entre ricos y pobres y volveremos a ser una nación que se enorgullezca de su movilidad social ascendente.
(*) Concejal de Concordia

