Por Bitxi Bidegain — Especial para Concordia 24
Eran las 21 y estábamos casi todos afuera.
Otra vez el frío de Paraná. Bufandones, chalecos y manos escondidas en los bolsillos intentaban hacerle frente a una espera que, entre la ansiedad y la expectativa, parecía no terminar de comenzar.
Hasta que la puerta se abrió.
Y salió, para sorpresa de todos, el mismísimo Muerdo.
Más congelados quedamos nosotros. A ninguno nos dio la mente, o la audacia, de decir algo, aplaudirlo o siquiera sacar un flash. Él nos miró, nos sonrió y, con una humildad que desarmaba cualquier distancia, dijo:
—Hola, buenas noches a todos.
Y se retiró.
Así comenzaba la primera señal de que ésta seria una noche con mucho más que una simple puesta en escena.

El lugar elegido para esta reunión de muerdistas fue Tierra Bomba, en calle Urquiza 1214, espacio que este año celebra once años de trayectoria cultural independiente. Una de esas casas que, aun cuando sostener propuestas culturales parece cada vez más difícil en nuestro país, siguen abriendo sus puertas para que la música, el arte y quienes los hacen puedan encontrarse.
Cuando finalmente abrieron las puertas, todos bajamos la guardia.
Entramos en un mundo que, por un rato, nos daba vía libre de ser sin padecer.
Algo que, quizás, solo los muerdistas entendemos.
Cada uno fue a lo suyo: la espera, el patio, la barra, el pucho o algo para comer. Pero la música ya estaba ahí. La espera parecía eterna y, sin embargo, la clave estaba en los detalles.
Sonaba una mezcla perfecta entre folklore argentino y español. Cantábamos bajito. Algunos, todavía temerosos, daban unos pasos al compás. Las mozas pasaban casi sin que las notáramos.
Detrás del escenario, un vitró terminaba de darnos la certeza de que aquella casa, que ya habíamos hecho un poco nuestra, nos recibía como exiliados de la cultura que necesitan escuchar una guitarra.
Y esa guitarra sonó.

Cuando el mundo puso pausa
A las 22:53, el mundo siguió, pero nosotros pusimos pausa.
Pascual Cantero entró al escenario y nos regaló su mirada inundada de amor. Tomó su lugar y, en medio del silencio, alguien desde el público dijo:
Con ese fondo del ventanal parece un santo.
Pascual sonrió.
Y comenzó la noche.
Esta gira tenía, además, una particularidad: el repertorio no había sido decidido solamente desde arriba del escenario. A través de sus redes, Muerdo había invitado al público a elegir las canciones que quería escuchar. Con esas elecciones armó el concierto. Puede parecer un detalle al simple lector, pero no lo es.
Detrás de una lista de canciones había una forma de entender el vínculo con quienes estaban ahí. El repertorio se construyó también con nosotros, con nuestras vivencias y anhelos. Una comunidad fraternal decidiendo qué quería volver a escuchar.
Entre temas inolvidables, dos canciones inéditas del nuevo disco y artistas invitados, la noche fue avanzando.
Muerdo habló también de estos momentos raros que atraviesa Argentina y, desde el escenario, dijo: “La verdad que admiro mucho la capacidad que tienen de sobreponerse a lo peor y movilizarse para seguir defendiendo el territorio…” Entonces llegaron los acordes de «Lejos de la ciudad.» Y la canción pareció adquirir otro peso.
No hacía falta explicar demasiado. Había personas en esa sala que sabían perfectamente de qué hablaba: el esfuerzo, el territorio, la resistencia, la necesidad de seguir defendiendo aquello que sentimos propio.
La canción encontró su lugar entre esas paredes.
Cuando un escenario también es una puerta
La noche abrió paso también a tres artistas entrerrianos.
Durante el concierto ocurrió algo que me pareció todavía más significativo: Muerdo no recurrió a un telonero en el sentido tradicional de la palabra. Sino que hizo lugar.
Así fue como primero apareció Lauphan a traernos vestigios del litoral. Luego dos Paranaenses acompañaron a Muerdo en distintos temas, reforzando que es necesario hacer espacio a los jóvenes que se encuetran dando sus pasos en la música y que son parte de nuestra comunidad musical.
Quizás ahí haya algo de lo que significa construir una escena cultural: no solamente subir a un escenario, sino abrirlo.
Y esa noche, esa puerta se abrió para músicos de nuestro propio territorio.

El público también estaba cantando
Pero si algo me quedó dando vueltas fue mirar al público.
Pude ver a una pequeña de unos seis o siete años, acompañada por sus padres. Más atrás, una mujer que, temerariamente, me atrevería a decir que rondaba los sesenta.
Entre ellas, jóvenes, adultos, personas de distintos estilos, historias y formas de habitar el mundo.
No había una etiqueta que pudiera definir quién podía estar ahí. Y quizás eso sea precisamente lo que ocurre con Muerdo.
La música consiguió borrar, durante algunas horas, esas divisiones que afuera nos empeñamos en construir. Todos parecíamos estar buscando lo mismo: respuestas a la vida.
Ser muerdista es, quizás, ser un buscador constante. Intuir que hay algo más allá de la rutina. Tener una sed casi infalible de objetivos mutantes, porque la única certeza es el cambio.
En una de sus canciones, Pascual habla de “ritmo de los latidos”. Anoche, pudimos escucharlos.
Y entonces llegaron los dos temas inéditos. Una especie de Navidad en pleno agosto.
No voy a hacer spoiler. Hay cosas que merecen conservarse un poco en el misterio, especialmente cuando un artista decide compartirlas antes de que sean de todos.
Muerdo volvió a hacer algo que no todos se animan a hacer: desnudarse.
Hablar del dolor que genera el amor. Del amor que aparece incluso después del dolor. De las miserias humanas. De aquello que sabemos que existe pero que no siempre nos animamos a mostrar.
Porque todos podemos mostrarnos vulnerables. Pero no todos nos animamos.
Y menos frente a un mundo que muchas veces puede convertir esa vulnerabilidad en un arma.
Por eso, cuando comenzaron a sonar esas canciones que todavía no pertenecían del todo al mundo, el silencio fue absoluto. Nadie necesitó explicar nada. Éramos espectadores de un acto íntimo: un artista entregando una parte todavía desnuda de su obra y un público aceptando el regalo con la única respuesta posible en ese momento: escuchar.
Como si durante esos minutos también nosotros hubiéramos decidido mostrarnos un poco.
Salir a la carretera
La noche avanzó hasta su inevitable fin con el tema «La canción de la carretera».
Quienes conocemos a Muerdo y pudimos verlo variaa veces, saben que ese tema suele funcionar como una señal: llegó el momento de salir a la carretera. De volver al camino. De terminar el concierto.
Pero esta vez hubo algo más. Después de la canción, Pascual bajó del escenario y quedó a «nuestra altura.»
Y por unos instantes dejó de ser el artista que teníamos enfrente para convertirse también en espectador. En público de su propio concierto.
Nos regaló unos últimos versos desde abajo, casi entre nosotros.
Y en ese gesto apareció, quizás, una de las imágenes más potentes de toda la noche: El que estaba arriba también está caminando. También está aprendiendo. También está cambiando.
No hay escenario que nos deje afuera del camino.
*Después vuelve el frío*
Algunos se quedaron a seguir bailando un rato más, como quien extiende hasta lo último un domingo para ganarle de antemano a la semana. Otros, como en mi caso, salimos a reencontrarnos con la fría noche de Paraná.
La ciudad estaba en silencio. Ese silencio particular que aparece cuando termina una experiencia y uno necesita caminar un poco para procesar todo lo que acaba de vivir. No tenía ganas de hablar demasiado. Sentía gratitud. Era la tercera vez que veía a Muerdo y, sin embargo, volvía a suceder algo parecido: la sensación de que todavía hay posibilidades, de que la vida puede cambiar porque nosotros también somos protagonistas de ese cambio.
Quedaba la certeza de que todavía existen personas como Muerdo y lugares como Tierra Bomba capaces de construir pequeños refugios donde la cultura no se consume: se habita.
Donde una guitarra puede convertirse en refugio, una canción puede hacer que desconocidos se reconozcan Y donde, por unas horas, podemos volver a ser sin padecer.
Hasta el próximo encuentro muerdista.
