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Cultura

Como en casa: Bahiano hizo de Pueblo Viejo una reunión entre canciones, recuerdos y afectos

Concordia 24
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Por Ana Laura Bidegain

Hay noches en las que uno sale a escuchar música y termina encontrándose con algo más. El viernes 30 de octubre, en Pueblo Viejo, Bahiano llegó a Concordia para compartir sus canciones en formato acústico. Pero, antes de que comenzara a sonar la primera guitarra, el encuentro ya estaba sucediendo entre las mesas, las conversaciones, las parejas y los amigos que se habían acercado a compartir la noche.

Desde la barra del fondo, la escena ofrecía sus propios relatos. Parejas, enamorados, grupos de amigos y rostros conocidos se mezclaban en un ambiente que tenía algo de casa. En una esquina, una pareja esperaba. Él la miraba como si ella fuera la protagonista de la letra más romántica de Bahiano; ella, descalza, con las piernas sobre una silla, movía las manos mientras explicaba algo y sostenía una cerveza. Una pequeña escena cotidiana, de esas que quizás pasan inadvertidas, pero que también cuentan lo que sucede alrededor de la música.

Entre el público aparecían colegas de la comunicación y la cultura, una conocida dedicada al mundo de los yuyos, profesores de Lengua y otras personas que, por un rato, parecían encontrarse en un territorio común. Nadie parecía demasiado pendiente de cómo iba vestido el otro, qué decía o qué hacía. Había, más bien, una disposición a compartir. Pueblo Viejo tenía ese gustito a casa: un espacio donde celebrar, sencillamente, la existencia y el encuentro.

Podría decirse que aquella noche también convocó a un pequeño pueblo viejo, uno que se reconoce en las canciones y en la música que conecta con las raíces.

Una guitarra y la reunión que ya estaba en marcha

No hubo grandes anuncios ni una pausa ceremonial para marcar el comienzo. Bahiano llegó acompañado por su guitarrista, ambos se acomodaron en el escenario y comenzaron a tocar. Así, sin más. Como sucede en una reunión de amigos o en un asado familiar cuando alguien toma una guitarra y empieza a cantar, mientras los demás dejan de lado por un momento lo que estaban haciendo para sumarse.

La puesta en escena acompañaba esa cercanía. Los músicos estaban sentados en butacas, con el micrófono y la guitarra acústica como protagonistas. Un banco de plaza, algunas plantas verdes y una pequeña mesa completaban una escenografía sobria, con cierta estética de living. Sobre ellos, las luces magentas, azules y verdes aportaban color a un fondo oscuro. No hacía falta demasiado: la propuesta estaba puesta en la voz, las cuerdas y la complicidad.

El formato acústico permitió que el concierto transcurriera con naturalidad. Bahiano alternó sus grandes clásicos con algunas canciones de sus discos más recientes, aunque no tardó en dejar en claro, entre risas, que sabía muy bien qué había ido a buscar el público: sus clásicos. En tono de broma, preguntó si realmente habían ido a escucharlo cantar sus canciones de 2024. La respuesta estaba en los coros que acompañaban los temas conocidos.

Entre canción y canción también hubo lugar para las historias. El artista compartió anécdotas sobre el origen de algunas composiciones, los años en que fueron creadas y las adaptaciones que había realizado. Esos relatos funcionaron como pequeñas pausas dentro de la música, sin romper el clima ni convertir el espectáculo en una sucesión de canciones. La sensación era la de estar escuchando a alguien que, además de cantar, disfruta contar de dónde vienen esas melodías.

Durante aproximadamente una hora y media, el escenario y el público parecieron formar parte de una misma reunión. Hubo palmas, coros, risas y personas que se levantaron de sus mesas para bailar. Incluso quienes permanecían de pie en el fondo encontraron su lugar en el movimiento de la noche.

Cuando el río también se hace canción

Entre los clásicos que fueron apareciendo, hubo un momento que adquirió un sentido particular para quienes habitamos esta región. Ya hacia el tramo final, sonó «El Pescador», una canción con un ritmo más cercano a la cumbia que invitó a levantar las palmas y abandonar las sillas.

Algunas personas se levantaron a bailar, otras acompañaron con las manos y las voces. Pero la respuesta no parecía explicarse solamente por el ritmo. La figura del pescador, el río y aquello que transmite la canción encuentran una resonancia especial en Entre Ríos, donde el vínculo con el agua forma parte del paisaje, de las actividades cotidianas y también de una identidad compartida.

En ese momento, la música dejó de ser únicamente el recuerdo de una trayectoria artística para conectar con algo propio. Porque hay canciones que, aun sin haber nacido en nuestro territorio, encuentran la manera de dialogar con él.

Una visita que sabe cuándo despedirse

Al finalizar el repertorio, Bahiano agradeció al público concordiense, que ya lo recibió en otras oportunidades, y también a Pueblo Viejo, por las invitaciones y por hacerlos sentir cómodos cada vez que llegan. Se retiraron del escenario, pero el público pidió una más. Y volvieron.

Después de ese último momento musical, llegaron nuevamente los agradecimientos y la despedida. Cerca de la medianoche, la escena comenzó a desarmarse tranquilamente. No hubo necesidad de prolongar el encuentro más de lo necesario. Era viernes, algunos tendrían que trabajar al día siguiente y, después de una hora y media de música, parecía que todos se llevaban lo que habían ido a buscar.

La imagen que me quedó fue la de una visita después de una buena fiesta: alguien que compartió la mesa, las canciones y las risas, agradece, se despide y vuelve a su casa. El público hizo lo mismo. Las conversaciones fueron quedando atrás, las mesas comenzaron a vaciarse y cada uno emprendió el regreso a su rutina.

Bahiano también dejó un deseo para quienes estaban allí: que, si no volvían a encontrarse en otro concierto, tuvieran un buen cierre de año y que el próximo comenzara todavía más próspero.

Quizás esa haya sido una de las sensaciones más lindas de la noche: salir de un recital con la impresión de haber recargado energías. No necesariamente porque haya ocurrido algo extraordinario, sino porque, por un rato, pudimos detenernos, cantar canciones que conocemos de memoria, bailar, encontrarnos con otros y sentirnos parte de algo.

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