Este 3 de junio se cumplen 5 años de aquella marcha que en el año 2015 convocó a visibilizar la situación de millones de mujeres, primero en Argentina y luego en toda Latinoamérica.
Después de este tiempo, la situación no ha cambiado mucho.
Las estadísticas judiciales muestran un avance imparable de las denuncias por violencia intrafamiliar y de género con un alto porcentaje de femicidios, la expresión más clara del fracaso de las políticas públicas aplicadas, cuando pueden definirse como tales.
La violencia sexual, la violencia física, siguen siendo las que más ocupan los titulares mediáticos y con cada golpe, cíclicamente, aparecen las falsas lágrimas y los falsos compromisos de atender esta problemática que produce la muerte de mujeres, pero que además, trae como consecuencia hijos inmersos en un mundo de odio y violencia , que llevarán sobre sus hombros toda la vida y que con mucha suerte, podrán superar y no transformarse en multiplicadores del horror que vivieron a manos de quienes dicen amarlos.
Algunos los llaman efectos colaterales. Yo entiendo son las inocentes víctimas directas de este flagelo.
Argentina ha pasado por todas las etapas lógicas en esta temática, desde la visibilizacion extrema, el dictado de normas modelo de protección integral, campañas mediáticas concientizadoras y de prevención hasta la aprobación de leyes destinadas a capacitar desde la perspectiva de género al personal de la administración pública, la justicia y las fuerzas de seguridad.
Pero aun así, quienes deciden y proyectan los presupuestos públicos todavía piensan que la violencia puede afrontarse sin recursos, cuando es indispensable contar con fondos afectados para hacer frente a gastos relacionados con centros de contención, asistencia profesional sicológica, ayuda social y planes de inserción que les permitan a la victimas salir del circulo vicioso y trágico en el que se encuentran.
La dependencia económica, la efectiva y real sensación de no poder enfrentar solas el duro camino que deben transitar desde el momento de la denuncia hasta la total desvinculación del agresor, la necesidad de mantener un hogar e hijos por fuera de los cánones de familia perfecta que culturalmente nos imponen, son las mayores causas del miedo a iniciar un proceso que en general, es incomprendido hasta por quienes se encuentran más cerca sufriendo además, la censura de su entorno.
La capacitación suena bien y presupone resultados positivos pero en la práctica no suple la necesaria empatía que debe sentirse con quienes acuden a los centros de ayuda y a veces, los más capacitados son los que más agreden y revictimizan con actitudes de manual, pero carentes de sentido común y sobre todo, de la comprensión que se necesita para poder asistir a quienes requieren sentirse protegidas ante el agresor y su mundo.
La Ley 26.485 de Protección Integral describe las clases de violencia de género y muchas, son ignoradas: por las víctimas, por las fuerzas de seguridad, los jueces y fiscales.
Así, la violencia laboral se convierte en un largo e ineficaz proceso que plantea el debate de las competencias judiciales.
La violencia sicológica, tan tremenda y tan oculta, con resultados nefastos es una marca indeleble para toda la vida de una mujer, sus hijos y su entorno familiar y social.
La violencia mediática, que ante iguales actitudes y formas de actuar entre hombres y mujeres, hace preguntarnos a cada instante, si la reacción será igual cuando los hechos y los dichos son protagonizados por hombres.
La violencia en todas sus formas, que aparece en todos los ámbitos y que nos lastima y pone a prueba a cada instante la sociedad en que vivimos.
Actualmente, la violencia de género ha dejado de ser un patrimonio único identificado con las mujeres biológicas y ha ampliado el concepto a quienes han decidido ser mujeres porque así lo quieren y lo sienten.
Y todas merecemos ser defendidas y atendidas por igual.
Ha llegado el momento de actuar, dejar los eufemismos y las frases hechas fuera y comenzar a resolver situaciones concretas, con personas de carne y hueso, que sienten, que sufren, que lloran, que duelen, que nos hace replantearnos los valores más íntimos y esenciales.
Es hora de decir Basta!!, al encasillamiento de la violencia de género como un problema solo de victimas y agresores, porque la violencia es el resultado de un sistema patriarcal y machista que nos intenta ahogar como intenta ahogar todas las cosas que no entran dentro de los patrones arcaicos de una sociedad sumisa y silenciosa.
Es hora de decir Basta¡¡, a campañas coloridas que dicen NO a la violencia cuando son generadas por las mismas estructuras donde se hace apología de la violencia.
Es hora de decir Basta!! al silencio cómplice en el trabajo, en el hogar, en la calle, en la justicia.
Es hora de decir Basta!! a los que se rasgan las vestiduras en los medios y dan vuelta la cara cuando alguien de su entorno sufre de violencia
Es hora de decir Basta!! a la hipocresía, al que dirán, a la mentira, al engaño.
El #NIUNAMENOS al igual que #METOO y otros movimientos de estos últimos años parece centrarse solamente en la violencia que se ve, aquella que se puede mostrar, que otros pueden mirar. El abuso, la violación, el golpe, la muerte.
Pero la violencia de género es mucho más que eso.
Es el grito a viva voz y el silencio de los rincones, la exposición y el escarnio público por una manera de pensar o de hablar, la imposibilidad de defender nuestros derechos y de utilizar para ello los medios con que contamos, es la persecución ideológica, la idiotez y la ridiculez de la ignorancia, el menosprecio, el dolor de una palabra, una mirada y un comentario dicho con odio y discriminación. Es todo eso y mucho más.
La violencia hoy, es aquella pandemia que no se pone en cuarentena, que no se cuida, que no se atiende.
Y sobre todo, es la que la sociedad no siente.
- Dra. María de los Ángeles Petit – presidenta FEMAL Fundación de Estudios Municipales de Argentina y Latinoamérica